La vid se comporta como una liana. Para agarrarse, posee unos zarcillos. El
viticultor impide que se enganche en cualquier sitio y le proporciona unos
alambres a los que agarrarse para controlar su crecimiento.
En el momento de la poda, desengancha los zarcillos enganchados: se trata
de la operación conocida como desenganche.